Los centros de control canino y felino buscan evitar que los animales anden sueltos, procurando que los propietarios los protejan de riesgos y previniendo problemas a la comunidad. Aunque esta labor es criticada, el objetivo es el bienestar de los animales, de las personas.
Los perros sin supervisión pueden desarrollar comportamientos peligrosos y causar accidentes o daños. Muchas personas creen erróneamente que dejarlos libres es un acto de libertad y un derecho, cuando en realidad refleja una falta de responsabilidad del poseedor de mascotas.
Fue en este contexto que en la oficina de control canino recibimos el reporte: Un perro criollo deambulaba libre en una privada. Los vecinos, varios, informaban que hacía poco, una residente del lugar lo había introducido, pero lo mantenía en la calle, sin ocuparse de las molestias que causaba. En reunión comunitaria le solicitaron dar solución a esta situación, a lo que ella respondió que el perro tenía derecho a permanecer libre. Ante el desconocimiento de las obligaciones de un propietario, la comunidad pedía la intervención del Centro.
Mis compañeros atendieron el reporte y acudieron a retirar al animal. Al llegar a las instalaciones, como médico encargado, mi obligación era certificar el estado general en que se encontraba el perro, para mantenerlo en observación y cuidar de su estado, mientras el propietario acudia a reclamarlo.

Era de tamaño mediano, pelo corto y color blanco, se notaba limpio y bien alimentado, lo que me parecía extraño para un animal al que no le brindaban mayor cuidado, conforme al reporte. Llamaba la atención sus ojos claros, de color azul. A pesar de estar asustado, era dócil.
—Van a venir por él — señalaron mis compañeros.
Yo esperaba encontrarme con una mujer de carácter difícil, así que preparé la normatividad para explicarle sus obligaciones como propietaria y repasando los puntos que estaba infringiendo.
Cuando anunciaron la presencia de los propietarios, me llevé una sorpresa: Un hombre mayor y su nieta, de unos doce o trece años, se presentaron conmigo.
—No somos los propietarios —anunció el abuelo —pero queremos al perro.
—Quiero que sepa —respondí — que, por ley, solo puedo devolver el animal a quién pruebe ser el propietario.
—Ella no vendrá — respondió él —antes de acudir, intentamos hablar. Pero comentó que ya no le importaba. Que había tenido muchos problemas con los vecinos por culpa del perro.
Era una situación difícil, un animal puede reaccionar mal si se siente atemorizado. ¿Cómo entregar un perro a quién había aceptado no ser propietario?
—Creo que debo mencionar —intervino el abuelo — que mi nieta es quién lo ha cuidado desde que llegó a la privada. Ella lo ha alimentado, lo ha bañado, juega con él. Lo llevamos a atender con un veterinario. Usted puede notar que el animal está limpio y cuidado, en lo posible. No le hemos dado techo porque la dueña reclamó, y prohibió acercarnos a él. Sabemos que ha provocado molestias entre los vecinos, pero quiero que sepa que esta niña ha acudido, incluso, a asear cuando ha sido necesario.
Miré a la jovencita, tenía el rostro triste.
—¿Tiene nombre? — le pregunté a ella.
— Sí, — contestó, y sonrojándose agregó — es el “gringo”.
Estuve a punto de reír, recordé lo característico de los ojos del perro.
—¿Tú lo has cuidado? ¿Él te permite acariciarlo?
—Sí, lo llevamos a vacunar y desparasitar, le gusta jugar con una pelota en el jardín de la unidad.
—¿Crees que te reconozca si te ve?
Ella afirmó con seguridad.
—¿Tendrán algún documento que acredite atención o servicio que ustedes le hayan ofrecido?
—Tenemos un carné, otorgado por el veterinario que lo atiende, pero no lo hemos traído.
— Espero que entiendan que solo puedo entregar un animal a su legitimo propietario, y la forma de demostrarlo es con un documento que lo registre. Pero creo que podemos solucionarlo si el “gringo” reconoce a su dueña. ¿Quieres verlo?
— Sí —respondió la niña.
—Síganme, por favor.
Ya había hecho esta prueba antes, y siempre daba resultado. A veces, un dueño no cuenta con papeles que acrediten la propiedad, pero un perro siempre reconoce a quien lo quiere. Los documentos son fríos; no alcanzan a registrar el amor, en cambio, nosotros si podemos percibirlo.
Pasamos al área de observación. El “gringo”, en menos de un segundo advirtió a su dueña, y comenzó a gemir y ladrar, al tiempo que movía la cola y el cuerpo con una gran energía.

—Por favor, acércate despacio — le pedí.
Con gran delicadeza, ella se acercó al perro, que gemía y ladraba con más fuerza, y al mismo tiempo bailaba emocionado. Al acariciarlo, el animal quedó quieto, solo moviendo la cola, disfrutando el mimo. Los gemidos eran suaves.
—Ya vine por ti — le dijo la niña.
La prueba no había fallado. Ella era la propietaria sin duda. Regresamos a la oficina.
—Reconozco que ustedes son los legítimos responsables del “gringo” —les dije — y debo advertirles que deberán pagar la multa por haberle permitido deambular libre en la calle. Espero que no vuelva a suceder.
Ambos afirmaron.
—Para que tengan un documento oficial, —expresé — vacunaremos a su perro contra la rabia en este momento. El certificado, y el recibo de pago de la multa, los acreditarán como responsables del “gringo”. Y en caso de que la dueña anterior reclame, deberá hacerlo por vía legal. Les entrego copia de la normatividad para propietarios de mascotas vigente en el municipio, espero que cumplan con ella.
—Así lo haremos —expresaron ambos, el rostro de la niña había cambiado.
—¿Tienen con que sujetarlo? —pregunté.
—Sí —contestó ella —traigo su collar y correa en el auto ¡Voy por ellos!
El perro permitió que mis compañeros le colocaran los aditamentos, era notorio que acostumbraba a usarlos.
No había perro más feliz en el mundo que el “gringo” cuando lo entregamos. Sabía que había en este mundo alguien que lo quería.
Este acontecimiento me ayudó a entender que, si los propietarios amaran de verdad a sus mascotas y al mundo, no habría animales en situación de calle.
La verdadera alegría del momento fue saber que el “gringo” había llegado, por fin, al lugar que podía llamar hogar.